¿Y el otro zapato?

Por Juan Carlos Flores Merino

Durante el trayecto en auto….

– Oye papá, (hija pequeña de tamaño estándar en la edad de los por qués) ¿por qué cuando se ven zapatos tirados en la calle solo está uno?, ¿y el otro zapato? – No sé enana (papá intelectual de “cierta edad”, como la tenemos todos y lo cierto es que nunca sabemos cuándo empieza ni cuándo termina). La verdad es que nunca me lo había preguntado. A lo mejor alguien llevaba los dos en una bolsa y se le cayó uno de ellos y no se dio cuenta. Es más, cuando notó que había perdido un zapato, tiró a la basura el otro que le quedaba. – ¿No se te hace que sería muy tonto que en todos los casos pasara eso que dices? – (Razonamiento sencillo y contundente…. ¿qué le digo?). Preguntas unas cosas muy extrañas. – Bueno, es que si fuera cierto lo que dices, quiere decir que la gente no pone atención en lo que hace. O a lo mejor no terminó de poner el otro zapato en la bolsa y creyó que lo había perdido y tiró el que llevaba y cuando llegó a su casa se dio cuenta que tenía ya un solo zapato y tuvo que tirar ese también y… – ¡Bueno, ya estamos llegando, prepárate para bajar! Y hablando de zapatos, ponte los tuyos y recoge tu tiradero.

Una vez estacionando el auto, nos apeamos (como dicen las traducciones castellanizadas) y entramos a la casa.

Estando dentro, cada uno se fue a realizar sus actividades normales del día.

Ya por la tarde se me acercó mi hija y me preguntó si ya había arreglado su juego electrónico como lo prometí. Por supuesto la respuesta fue la que todo padre normal que se precie de serlo daría:

– Ya casi queda. Le compré las pilas y ¿qué crees? Hasta encontré el desarmador exacto para abrirlo. En un rato quedará listo. – O sea que todavía no está…. – Mmm, pues así es. Pero no te preocupes, de una vez lo vemos. Anda vamos.

Fuimos hasta su cuarto y tomé el juego. Por supuesto que había dejado el desarmador que requería en el armario de los “tiliches” al que tuve que ir. Ahí también encontré las pilas nuevas. Regresé de nuevo al cuarto de mi hija y una vez frente al juguete, me di cuenta que junto a éste estaban otras pilas nuevas.

– Mira, no me di cuenta y compré pilas nuevas. Eso me pasa por no revisar. – ¿Cómo con los zapatos que tira la gente por no fijarse? – Justamente (tragándome mi orgullo de padre sabelotodo y omnipotente)

Me entretuve arreglando el dichoso aparato, mientras que reflexionaba en lo que aprendí gracias a mi hija.

Pensé en cuántas veces hacemos las cosas a medias y no las terminamos o duplicamos trabajo por no fijarnos en lo que ya habíamos avanzado. Justamente como el otro zapato que no aparece para formar el par.

Estoy convencido que los esfuerzos que hacemos para no terminar algo que ya comenzamos, contienen más energía que la necesaria para cerrar el ciclo.

Esto me hace recordar aquel chiste (aunque no se si fue una anécdota disfrazada) en el que un nadador trata de cruzar el canal de la Mancha y justo cuando ha cruzado la mitad, reflexiona, se desanima y se regresa al inicio porque está seguro de que no podrá terminar el reto.

La naturaleza, que es tan perfecta y tiene todo definido, cuenta con ciclos que se abren y se cierran todas las veces. Si nosotros somos parte de este gran sistema natural, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo cerrar nuestros propios ciclos?

A partir de esta experiencia con mi hija, cada vez que alguien no está terminando algo que ya comenzó nos preguntamos ¿y el otro zapato?

Usted que está leyendo, ¿cuántos pares de zapatos incompletos tiene?

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